Nos encontramos por casualidad o como se dice ahora, por causalidad.
Las canas entremezcladas en tu cabello rubio te daban ese aire distinguido de los señores de cuarenta años. Yo, teñida, parecía la de siempre.
Efusivos y sorprendidos nos saludamos con un beso en la mejilla y tomados de las manos nos miramos un corto pero intenso instante. ¡Tanto tiempo sin vernos! con poco tiempo en nuestras agendas, por lo menos en la mía, entramos en el bar más cercano para conversar más cómodos.
Por la ventana se veían nuestras siluetas y se veían muy bien juntas.
Yo venía de un matrimonio infiel y sin hijos, sobreviviente de un divorcio lastimoso y vos, soltero.
Después de beber nuestro café el reloj nos señaló, me señaló, que debía irme. Vos, comerciante, estabas en la pausa del mediodía y yo corriendo entre clases horarias de dos colegios diferentes donde enseño inglés. Intercambiamos teléfonos y una promesa de volver a encontrarnos con horario y día señalado al fin de esa misma semana.
Esa tarde, entre clases y transporte por los diferentes colegios de la zona, se pasó rápida e intensamente ocupada, recién al llegar a casa, por la noche, volví a recrear ese increíble encuentro.
Cuando volvimos a encontrarnos, ambos corríamos bajo una lluvia intensa de primavera al mismo bar del primer encuentro. La conversación fue más íntima por los detalles compartidos de los hechos de nuestra vida en ese lapso de tiempo, veinte años, sin vernos.
Nos conocimos en el colegio secundario a los trece años y dejamos de vernos cinco años después al egresar. No vivíamos en la misma localidad y nuestras vidas tomaron rumbos diferentes.
Me contaste que nunca formaste un hogar porque tenías un amor secreto y que debido a tu timidez e inseguridad adolescente no te habías atrevido a manifestar tu amor. Y aunque ahora eras un hombre, pensé que tal vez nunca lo dirías.
Yo hablé de mi primer amor. A los dieciocho años me enamoré perdidamente de ese muchacho de mi pueblo que al volver de unas vacaciones veraniegas había conocido otra chica con la que se casó tiempo después y con la que sigue felizmente casado. A mí, el dolor de la desilusión me duró diez años.
Conocí a mi esposo siendo ya una mujer de veintiocho años y él de treinta y cuatro, chófer de colectivo, y yo, profe de inglés entre colegios de diferentes localidades. Seis años estuvimos casados. La crisis se ahondó al no poder tener hijos. Que era yo, que era él. Los estudios médicos dictaminaron que era él. Y su infidelidad quedó al descubierto.
Me contaste que junto con tu padre, manejaban un comercio sito en otra localidad donde vivías con él y que nos encontráramos se debió a trámites municipales. Al fin nos separamos con ganas de seguir juntos conversando. Gentilmente quisiste acercarme a casa pero yo había venido en mi propio auto. Quedamos en llamarnos.
El ajetreo diario acortó la semana. El encuentro no generó ninguna expectativa en mí. Un encuentro con un querido ex camarada de estudios que traía aires renovados a mi vida.
El teléfono sonaba insistente ese fin de semana y corrí para atender. Eras vos y tu invitación para pasar a buscarme e ir en tu auto a cenar.
Terminé de relatarte el epílogo de mi matrimonio, infidelidad, separación y divorcio.
Después de eso, lágrimas, desilusión y sin saber que hacer en una crisis personal que me hundió en la depresión. Otro ex camarada de estudios, pastor de una iglesia cristiana, comenzó a visitarme junto con su mensaje bíblico. Conocí otro Dios tan diferente del mío, cómodo y tolerante. Como todas las heridas, ésta, comenzó a cicatrizarse. De todo esto han pasado seis largos años.
Cuando todo estaba tranquilo y en su lugar ¡apareciste!
Después de dos semanas de encuentros, vaso de vino por medio, me hablaste de tu secreto de amor. Me hablaste de esa mujer misteriosa que tuvo tanto efecto que te quedaste solo para toda la vida.
De pronto, todo cambió de color. ¡Me confesaste que esa mujer era yo! siempre te gusté y en secreto me amaste sin hacérmelo saber jamás.
Hoy, en nuestro aniversario número veintitrés, junto a nuestro hijo adoptado, ya a nuestros sesenta y tres años, chocamos nuestras copas en un brindis de futuro y amor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario