Los cerros ocultan el horizonte.
El rebaño arranca de entre las piedras, hebras de hierba verde.
Sopla el Zonda entre los pajonales con un silbidito fino y estremecedor.
En los ojos de las vicuñas se refleja un cielo de un azul profundo salpicado de algunas nubes blancas.
Así imagina el mar. Azules ondas salpicadas en sus crestas con una espuma blanca. Áurea.
De entre sus ropas, saca el instrumento musical y notas melancólicas se exponen al eco de la montaña sonoramente multiplicadas.
Y así creció.
De chango, se hizo mozo. Y se hizo hombre. Cuidando rebaños y bajando cada atardecer a las casas donde el ganado bajo techo afronta el frío nocturno.
Cuando llegó la carta a nombre de su padre con la notificación de su convocatoria militar su alma se alegró. Debía presentarse en Buenos Aires, en las fuerzas de la Marina! Su sueño de conocer el mar se cumplía! Las pocas imágenes del libro de geografía eran insuficientes para su sed de saber…las páginas sobadas una y otra vez, lucían fotografías deslucidas.
El abrazo del padre siempre callado y silencioso, el llanto de su madre y hermanas al entregarle la modesta vianda para el viaje que le esperaba por delante, quedaron grabados para siempre en su dividido corazón. De la Patria chica a la Patria grande. Dejaba su niñez y juventud enfrentando su joven hombría. Dejó los cerros hacia la ciudad donde el tren de los sueños lo esperaba. Largas horas de viaje dejaban lugar al asombro de lugares vistos por primera vez. Viaje al sur. De los cerros a la llanura. De la montaña al mar.
Cuando estalló la guerra ya hacía un año que navegaba en un barco que transportaba combustible por toda la costa argentina. Respiraba el salado aire del mar con deleite y una gran sensación de libertad. El buen desempeño era recompensado con frecuentes permisos al año. Allá iba el marino a encontrarse con sus cerros y rebaños, con el silencio del padre y su mirada ancestral profunda, el abrazo y las lágrimas de madre y hermanas, las cuales sonreían ante los regalos que le llevaba procedentes de diversos lugares.
En la última visita, el temor a la guerra se instaló entre ellos. Abrazos, lágrimas y la vianda lo acompañaron de regreso, no en tren, sino en el avión que de Salta lo llevaba a Buenos Aires.
Tres semanas de guerra desgarradora y de informes falseados. La población vivía un poco ajena a esa guerra lejana, salvo los soldados movilizados y sus familias, en sus pueblos del interior vivían un presente terrible.
Su buque suministraba combustible a los barcos afectados al combate directo sorteando misiles marítimos y aéreos.
En esa tarde fría de invierno en las aguas australes su barco fue alcanzado por un misil inglés. Esquirlas del impacto mordieron su pecho hiriéndolo de muerte.
Ese changuito sonriente y felíz, muriendo en el frío austral, bajo el cielo de Malvinas, escuchaba la rítmica respiración del oleaje a la vez que soñaba con el cálido Zonda soplando allá en los cerros, entre los pajonales, mirando en los ojos de las vicuñas el reflejo del cielo. Mar y olas. Cielo y nubes. Mar y olas.

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