viernes, 16 de septiembre de 2016

HIJO DE LA IRA.#CUENTOSENLAERADELARTE. #ALICIASUSANABAIGORRIA.





Cruzó la calle. Con su traje nuevo gris perla, su corbata a rayas, el bigote recortado sobre los labios y el cabello engominado, se sentó en el banco de la plaza y se sacó su primera foto en Buenos  Aires.
Desde su llegada, su vida había experimentado cambio tras cambio. El nuevo trabajo le permitiría alcanzar varias de sus metas ansiadas. Sus orígenes habían sido tan diferentes. Mal trato, violencia familiar y pobreza.
A la edad de siete años, cuando estaba en segundo grado, su mamá se había ido de “ las casas”, acobardada del maltrato que le infligía su esposo. Celos y palizas. Pobreza e infelicidad. Los tres hijos que tenía no pudieron contra el miedo a las golpizas. Con el abandono materno apenas cursó tercer grado la mitad del año, pero sabía leer. ¡Todo su capital era saber leer y hacer las cuentas!
A los dieciséis años se marchó del hogar. Allá quedaron sus hermanos y su padre, quién siempre se ensañaba con él a la hora de los castigos. Diversas tareas se le presentaron en su vida y poco a poco fue ascendiendo en sus pretensiones. La propuesta de estudiar y  rendir exámen para alcanzar un puesto como empleado de ferrocarril fue sumamente tentadora. Y acá estaba, su estandarte, su divisa,  era ser un pulcro empleado cumplidor y fiel a la empresa que todavía conservaba ese orden imperial impuesto por los ingleses. Horarios. Pulcritud. Amabilidad y corrección al atender al público. A cambio, un sueldo digno, obra social, vacaciones, jubilación y un Policlínico Ferroviario modelo en toda Sudamérica.
Decidió ser franco con su novia del pueblo con la que se comunicaba principalmente con cartas desde hacía ya cinco años. Dos veces al mes, tenía permiso para llamarla al teléfono de la casa donde ella vivía. Ingresó al local de la Telefónica donde era conocido por su hablar en voz muy alta cuando lo hacía por teléfono provocando discretas sonrisas en el personal telefónico ya que  creía que por la distancia, no sería escuchado.
Su interés por la lectura le ayudaba a paliar su soledad. Alquilaba una pieza, cocina y baño que quedaba cruzando el patio pero no era compartido con las otras familias. En este marco de circunstancias le propuso casamiento a su novia de siempre.
Recordaba su cabello largo y rubio, ondeado como las espigas de trigo meciéndose en la época de la siega al compás del viento y esos ojos verdes, color esperanza, todo brillo y luz.
Ella aceptó encantada y en contra de su familia adoptiva viajó desde Córdoba a Buenos Aires, ansiosa de ser la dueña de casa de un hogar por fin propio. Se imaginaba con su canasta nueva visitando el mercado, aprendiendo sobre la calidad y el precio de los alimentos a la vez que aprendía a calcular el peso de los mismos, producto tras producto.



Se alojó ella en la casa de una tía materna que la acompañó en los trámites ante el Registro Civil y ante el Juez, ya que ella todavía era menor. Solo tenía veinte años.

¡Qué sorpresa tuvo   cuando en la primera discusión, a la semana de casados, él, en plena furia, como aprendió de su padre, la tomó de los cabellos y la arrastró desde el baño, cruzando el patio, hasta la cocina!

viernes, 2 de septiembre de 2016

SIGUIENDO HUELLAS.#CUENTOSENLAERADELARTE.#ALICIASUSANABAIGORRIA


Siempre buscar en el paisaje ese horizonte azulino. Ése que se diferencia del cielo. Ése que denota la fuente de agua. Energía y luz.
Siempre encontrando en la memoria de la historia humana el don del tejer, el deseo de pulverizar las hierbas extrayendo su jugo coloreante y con arte de manos y sueños tejer la trama misteriosa de las figuras estilizadas.
Buscar la manera de conocer las hierbas curativas en esa ciudad de cemento donde transcurre su vida. Explorar las cualidades curativas del polvo del suelo, del barro, del agua. Y más aún. Las propiedades curativas del aire, de la luz del sol, de la luz de la luna.
Transformarse al amasar la simple harina puesta en la mesa, con su centro de aceite y agua, de sal y levadura. Descansar. Estirar. Dar forma. Descansar. Volver a estirar. Colocar en los moldes. Esperar. Hornear.
La familia le pagaba los estudios. Pero ella sentía dentro de sí otras inquietudes. Desasosiegos experimentados, generación tras generación, por centenares de mujeres de su árbol familiar. Pero no lo sabía con seguridad. Sólo lo intuía.
Buscaba en su madre, la única y más cercana referencia de su pasado, un indicio de similitud. Pero no lo encontraba. Hasta parecía realmente que no fuera hija de ella. Nada compartían en criterios, ni en gustos, ni en esas pequeñas cosas que unen a  las mujeres de una familia.
Ella amasaba. Su madre lo detestaba. Ella leía, su madre no. Ella se perdía en la inmensidad azul del río o del mar, su madre le tenía fobia al agua. Ella amaba escribir, o dibujar, o tocar un instrumento, o modelar telas con la tijera, la aguja, el hilo. Su madre nada de eso. En lugar de preguntarse en que se parecían, más bien deseaba inquerir acerca de sus abuelas a cuales ninguna de las dos conocía todo lo que sentía dentro segura de que ellas tenían la respuesta.
Todo eso sucedía en su interior. En su exterior, ella estudiaba, trabajaba, formaba y dirigía una familia, buscando siempre como satisfacer ese interior lleno y vacío.
Sin guía alguna de parte de las mujeres de la familia se hacía autodidacta, leyendo, aprendiendo, aplicando lo que aprendía…..tejer, bordar, pintar, escribir, acariciar las teclas de un órgano….amasar, cocinar, como medio de expresión hacia el semejante, hacia ella misma , por amor, por necesidad, por altruismo, por compartir, por dar.
Cuando el libro llegó a sus manos, la deslumbró. Lo leyó del principio al fin y en una segunda lectura, llenó cuadernos de apuntes. La información sonaba armoniosamente en sus oídos. No dudaba. Había encontrado algo de un pasado remoto e ignoto que incluía la  sanación espiritual y física. Ahora sí el pasado remoto e ignorado pero siempre intuido cerraba en su presente. Ahora se le aclaró el pensamiento. Ahora le cerraban sus inquietudes tan diferentes de la familia cercana y conocida ante quién no se reconocía.
Buscó sus antepasados originarios. No los colonizadores. Sino los otros. Los dueños de la tierra. Hurgó en la cosmovisión. Siguió las huellas marcadas por generaciones anteriores cual las pisadas en la arena de una playa desierta.
Aprendió el lenguaje extraño y gutural. El lenguaje ahogado. Reprimido. Silenciado por la civilización que era toda una barbarie genocida. Y el lenguaje le dio su nombre. Y ese nombre le dio identidad.
Newen Co…..espíritu o energía del agua. Casualmente, uno de los abuelos remotos se llamaba Mari Co….diez aguas.
Casualmente supo quién era. Y fue completa.