Siempre buscar en el paisaje ese horizonte azulino. Ése que se diferencia del cielo. Ése que denota la fuente de agua. Energía y luz.
Siempre encontrando en la memoria de la historia humana el don del tejer, el deseo de pulverizar las hierbas extrayendo su jugo coloreante y con arte de manos y sueños tejer la trama misteriosa de las figuras estilizadas.
Buscar la manera de conocer las hierbas curativas en esa ciudad de cemento donde transcurre su vida. Explorar las cualidades curativas del polvo del suelo, del barro, del agua. Y más aún. Las propiedades curativas del aire, de la luz del sol, de la luz de la luna.
Transformarse al amasar la simple harina puesta en la mesa, con su centro de aceite y agua, de sal y levadura. Descansar. Estirar. Dar forma. Descansar. Volver a estirar. Colocar en los moldes. Esperar. Hornear.
La familia le pagaba los estudios. Pero ella sentía dentro de sí otras inquietudes. Desasosiegos experimentados, generación tras generación, por centenares de mujeres de su árbol familiar. Pero no lo sabía con seguridad. Sólo lo intuía.
Buscaba en su madre, la única y más cercana referencia de su pasado, un indicio de similitud. Pero no lo encontraba. Hasta parecía realmente que no fuera hija de ella. Nada compartían en criterios, ni en gustos, ni en esas pequeñas cosas que unen a las mujeres de una familia.
Ella amasaba. Su madre lo detestaba. Ella leía, su madre no. Ella se perdía en la inmensidad azul del río o del mar, su madre le tenía fobia al agua. Ella amaba escribir, o dibujar, o tocar un instrumento, o modelar telas con la tijera, la aguja, el hilo. Su madre nada de eso. En lugar de preguntarse en que se parecían, más bien deseaba inquerir acerca de sus abuelas a cuales ninguna de las dos conocía todo lo que sentía dentro segura de que ellas tenían la respuesta.
Todo eso sucedía en su interior. En su exterior, ella estudiaba, trabajaba, formaba y dirigía una familia, buscando siempre como satisfacer ese interior lleno y vacío.
Sin guía alguna de parte de las mujeres de la familia se hacía autodidacta, leyendo, aprendiendo, aplicando lo que aprendía…..tejer, bordar, pintar, escribir, acariciar las teclas de un órgano….amasar, cocinar, como medio de expresión hacia el semejante, hacia ella misma , por amor, por necesidad, por altruismo, por compartir, por dar.
Cuando el libro llegó a sus manos, la deslumbró. Lo leyó del principio al fin y en una segunda lectura, llenó cuadernos de apuntes. La información sonaba armoniosamente en sus oídos. No dudaba. Había encontrado algo de un pasado remoto e ignoto que incluía la sanación espiritual y física. Ahora sí el pasado remoto e ignorado pero siempre intuido cerraba en su presente. Ahora se le aclaró el pensamiento. Ahora le cerraban sus inquietudes tan diferentes de la familia cercana y conocida ante quién no se reconocía.
Buscó sus antepasados originarios. No los colonizadores. Sino los otros. Los dueños de la tierra. Hurgó en la cosmovisión. Siguió las huellas marcadas por generaciones anteriores cual las pisadas en la arena de una playa desierta.
Aprendió el lenguaje extraño y gutural. El lenguaje ahogado. Reprimido. Silenciado por la civilización que era toda una barbarie genocida. Y el lenguaje le dio su nombre. Y ese nombre le dio identidad.
Newen Co…..espíritu o energía del agua. Casualmente, uno de los abuelos remotos se llamaba Mari Co….diez aguas.
Casualmente supo quién era. Y fue completa.

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