Cruzó la calle. Con su traje nuevo gris perla, su corbata a rayas, el bigote recortado sobre los labios y el cabello engominado, se sentó en el banco de la plaza y se sacó su primera foto en Buenos Aires.
Desde su llegada, su vida había experimentado cambio tras cambio. El nuevo trabajo le permitiría alcanzar varias de sus metas ansiadas. Sus orígenes habían sido tan diferentes. Mal trato, violencia familiar y pobreza.
A la edad de siete años, cuando estaba en segundo grado, su mamá se había ido de “ las casas”, acobardada del maltrato que le infligía su esposo. Celos y palizas. Pobreza e infelicidad. Los tres hijos que tenía no pudieron contra el miedo a las golpizas. Con el abandono materno apenas cursó tercer grado la mitad del año, pero sabía leer. ¡Todo su capital era saber leer y hacer las cuentas!
A los dieciséis años se marchó del hogar. Allá quedaron sus hermanos y su padre, quién siempre se ensañaba con él a la hora de los castigos. Diversas tareas se le presentaron en su vida y poco a poco fue ascendiendo en sus pretensiones. La propuesta de estudiar y rendir exámen para alcanzar un puesto como empleado de ferrocarril fue sumamente tentadora. Y acá estaba, su estandarte, su divisa, era ser un pulcro empleado cumplidor y fiel a la empresa que todavía conservaba ese orden imperial impuesto por los ingleses. Horarios. Pulcritud. Amabilidad y corrección al atender al público. A cambio, un sueldo digno, obra social, vacaciones, jubilación y un Policlínico Ferroviario modelo en toda Sudamérica.
Decidió ser franco con su novia del pueblo con la que se comunicaba principalmente con cartas desde hacía ya cinco años. Dos veces al mes, tenía permiso para llamarla al teléfono de la casa donde ella vivía. Ingresó al local de la Telefónica donde era conocido por su hablar en voz muy alta cuando lo hacía por teléfono provocando discretas sonrisas en el personal telefónico ya que creía que por la distancia, no sería escuchado.
Su interés por la lectura le ayudaba a paliar su soledad. Alquilaba una pieza, cocina y baño que quedaba cruzando el patio pero no era compartido con las otras familias. En este marco de circunstancias le propuso casamiento a su novia de siempre.
Recordaba su cabello largo y rubio, ondeado como las espigas de trigo meciéndose en la época de la siega al compás del viento y esos ojos verdes, color esperanza, todo brillo y luz.
Ella aceptó encantada y en contra de su familia adoptiva viajó desde Córdoba a Buenos Aires, ansiosa de ser la dueña de casa de un hogar por fin propio. Se imaginaba con su canasta nueva visitando el mercado, aprendiendo sobre la calidad y el precio de los alimentos a la vez que aprendía a calcular el peso de los mismos, producto tras producto.
Se alojó ella en la casa de una tía materna que la acompañó en los trámites ante el Registro Civil y ante el Juez, ya que ella todavía era menor. Solo tenía veinte años.
¡Qué sorpresa tuvo cuando en la primera discusión, a la semana de casados, él, en plena furia, como aprendió de su padre, la tomó de los cabellos y la arrastró desde el baño, cruzando el patio, hasta la cocina!

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