Cuando nació, en los últimos días del invierno, la llamaron Juana.
Nunca conoció a su madre ni a su padre. De sus hermanos, sabe que tiene, pero no los conoce. Ni quienes son, ni dónde viven.
La familia que la crió no la envió a la escuela pero si le enseñaron todos los quehaceres de la casa con dureza y nada de aprecio y reconocimiento por sus esfuerzos.
Su vida fue signada por la indiferencia , el maltrato y el desamor.
A los dieciseis años, al reunirse con un grupo religioso, su voz se destacó y pasó a formar parte del coro dominical.
Bautizada y adoptada espiritualmente por un matrimonio mayor dejó esa casa de su infancia y se fué a vivir con ellos los cuales la trajeron a Buenos Aires, quedando atrás su provincia norteña más sus dolorosos recuerdos venían con ella.
A los dieciocho años conoció a su futuro esposo. Un gringo grandote veinte años mayor quien se llevó la desilusión de su vida, cuando su flamante esposa se negaba y resistía a celebrar su noche de bodas. Cuatro días llorando y temblando. Su fanatismo religioso le jugaba en contra.
Durante su matrimonio de cuatro años, tuvieron dos hijos. Comenzó el maltrato. Fugaces y pocos fueron los momentos de verdadera felicidad. Ella,Juana, una mujer trabajadora, limpia, muy religiosa, rayando casi casi en el fanatismo, salió a trabajar, para ayudar a la frágil economía de su casa. Claro que su esposo bebía mucho y frecuentaba otras mujeres. Al final, el gringo grandote y mayor, la dejó por otra mujer.
Sola, se le animó a la vida, criando sus hijos, trabajando, dándoles una casa digna, un plato de comida sin lujos y educación.
Sus dos manos le abrieron caminos y mucha gente apreciaba sus servicios. Era una mujer limpia y rápida para los quehaceres.
La vida la sorprendió cuando su hijo menor, le comunicó que iba a ser abuela. Al no tener esposo, toda su vida emocional se centraba en sus dos hijos. por ellos rezaba y bailaba glorificando al Señor en arrebatos místicos.
Y esa noticia la demolió. Su hijo, adolescente, enamorado de una mujer mayor de edad, a quién había embarazado. Todo su odio se volvió hacia ella, y el nieto nunca fue bienvenido.
Diez años después, otro nieto alegró el matrimonio del hijo. Y su corazón de abuela se conmovió lleno de ternura.Grititos de placer y loas al Señor irrumpian de su garganta que solo vibraba en los himnos cantados cada domingo.Pero el daño estaba hecho. La nuera sólo le tenía resquemor y desconfianza.No olvidaba fácilmente todo el pasado de menosprecio e ira.
Cuando el nieto mayor cumplió veinte años se alejó del hogar para completar sus estudios universitarios y su hermano menor fué el único testigo del derrumbe matrimonial de sus padres. Nieto y abuela se dejaron de ver habitualmente. Muy de vez en cuando el hijo traía al nieto a la casa de Juana. El único nieto amado y reconocido.
Una vez más la desgracia de abandono y sufrimiento se repetía en su vida. Vivió en carne propia el no ver a su nieto preferido y toda la depresión y desilusión de su hijo ante la traición de su mujer.
Recordó el proverbio…” la mujer sabia edifica su casa, pero la tonta la demuele con sus manos”
Sabía que solo se cosecha lo que se siembra.
Entonces como una lluvia torrencial que impide ver el horizonte sus lágrimas se derramaron con un gemido hiriente que atravesó la tarde arrebolada de soles.

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